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Escrituras y sujetos errantes en la literatura latinoamericana

Appel | France - Poitiers
Martes 15 de mayo de 2018
Escrituras y sujetos errantes en la literatura latinoamericana

Séminaire de littérature latino-américaine du CRLA-Archivos

Appel à communications

8 juin 2018 – POITIERS (1ère séance)

“Escrituras y sujetos errantes en la literatura latinoamericana”

En la literatura, y sobre todo en la literatura latinoamericana, la noción de errancia se ha estudiado mucho menos que la de exilio. La errancia, cuya doble etimología latina1 procede de un cruce entre los verbos iterare (viajar) y errare (equivocarse), se ve vinculada a la idea de una modalidad particular del viaje que hiciera del mismo desplazamiento incesante una finalidad, sin posibilidad alguna de alcanzar, tal vez ni siquiera de identificar un posible lugar de llegada y/o afincamiento. Notemos que el sentido figurado de errancia que remite al hecho de salirse del camino y, por consiguiente, de equivocarse, es el sentido más usado en español: la primera acepción del verbo “errar” es la de equivocarse, según la RAE. Para potenciar más amplios y estimulantes deslineamientos de investigación, enfocaremos la noción de errancia desde la perspectiva de la relación del ser con el espacio.

El errante estaría tan desarraigado como el exiliado, pero sin contemplar la posibilidad de regresar a su tierra de origen. Se vería condenado a desplazarse continuamente por tener vedado el acceso a un lugar donde pudiera de nuevo echar raíces. Esta imposibilidad de afincamiento espacial induce una indeterminación temporal. En efecto, el no-lugar implica un no-tiempo. El tiempo de la errancia no transcurre entre un pasado –lugar de origen– y un futuro –lugar de llegada–: es el tiempo estancado del presente, del eterno desplazamiento hecho condición y/o castigo humanos. En la errancia, el tiempo ya no ritualiza las actividades de la cotidianeidad dentro de un marco cronológico. Así, la errancia es el tiempo de la inseguridad, aquella que viven miles de desplazados en el mundo, fuera del tiempo, por fracasar en su intento de escapar, por razones económicas y/o políticas, de su lugar de origen. Un ejemplo de sumo interés es el que puede observarse en Colombia, donde la palabra “desplazados” se aplica a miles de colombianos que en su propia tierra han huido del terror y cuyos testimonios recopila el escritor y sociólogo colombiano Alfredo Molano en su libro Desterrados. Crónicas del desarraigo, de 2001.

De ahí entendemos que la errancia del cuerpo pueda generar un estado de errancia mental, lleno de dudas, incertidumbres y angustias. La errancia genera un tipo de movilidad insegura e intranquila, supone un “no llegar nunca” que puede traducirse por un sentimiento interiorizado de no estar en ningún lugar, de no estar en su lugar. Esta manera de definir la errancia como un sentimiento de desubicación –más que de desterritorialización– lo expresan con dolor y dignidad la voz silenciada de los testigos entrevistados por Alfredo Molano. Este ejemplo permite apuntar una diferencia más entre exilio y errancia. La experimentación de ese tan injusto sentimento de sentirse desplazado en su propio país coincide con la noción de “insilio” que tentativamente han definido aquellos escritores errantes en su propia ciudad, para dar cuenta de su profundo desencanto y melancolía. El escritor venezolano Israel Centeno es uno de ellos, para quien el insilio es un “irse hacia adentro”: “cuando no tienes para donde ir, te insilias”, confiesa en una entrevista con Paz Balmaceda, en 2010 (34).

La pérdida de referencias espaciales y por consiguiente sociales y/o humanas se ve asimilada a la amenaza de una pérdida de identidad, de disolución del ser en el desierto de su propia errancia. Notemos que el sentido literal de la palabra “desierto” está asociado a dos de las figuras paradigmáticas de la errancia en la cultura occidental: el judío Abraham y el griego Ulises que se desplazan en un desierto sea de arena sea de agua2. En la literatura, también son desiertos físicos, como el rulfiano páramo de Comala, los que generan figuras de errantes, en una íntima y profunda comunicación entre el mundo de los vivos y el de los muertos.

Sin raíces y sin perspectiva de fijarse en ningún lugar, ¿cómo llegar a pensarse como sujeto, como ser-al-mundo? Sin punto de anclaje en la realidad huidiza que transcurre sin meta, la errancia sería reveladora de una crisis del sujeto. Resulta pertinente emparejar la noción de errancia con la de nomadismo usada por la filósofa Rosi Braidotti, quien ha enfocado en nuestro mundo globalizado al “sujeto nómade” desde una perspectiva de género: “La escritura nómade [...] anhela el desierto, las zonas de silencio que se extienden entre las cacofonías oficiales, en un flirteo con una no pertenencia y un extranjerismo radicales” (48). Las nociones de silencio y vacío parecen congruentes para circunscribir el espacio del errante vivido como una condena. Pero, ¿cómo no pensar en seguida, a pesar de la relativa inestabilidad mental e identitaria que puede generar la errancia, en la oportunidad que ésta nos brinda para escapar del estrepitoso y confuso mundo globalizado, saturado de información y de objetos, contaminado por un consumismo devastador e irresponsable y, al fin, preso de sus propias redes sociales? ¿Acaso la errancia no pueda significar aquella saludable liberación tan física como mental que desconecta nuestra mente y la deja vagar, sin rumbo, desprendida de todos los artificios capitalistas rayanos en la idea de utilidad y rentabilidad? La errancia ya no definiría el espacio de una amenaza física y/o ontológica sino al contrario, abriría un espacio de serenidad, vagabundeo y meditación. Negarse a “entrar en vereda”, para usar una apropiada metáfora espacial, significaría abocar a un bienestar individual prometedor de mayor emancipación colectiva.

Como sensibilidad literaria, los escritores de las Antillas francesas, como Edouard Glissant, han teorizado el concepto de errancia con mayor intéres y empeño que otros, vinculándolo también con una posibilidad de pensar fuera de los sistemas: “[...] c’est ce qui incline l’étant à abandonner les pensées de système pour les pensées, non pas d’exploration, parce que ce terme a une coloration colonialiste, mais d’investigation du réel, les pensées de déplacement qui sont aussi des pensées d’ambiguïté et de non-certitude qui nous préservent des pensées de système, de leur intolérance et de leur sectarisme” (130). La errancia se vuelve herramienta de un pensamiento crítico y en eso radica su potencial utópico, según lo explica en su artículo Emilie Ieven: “Ce potentiel de l’errance –qui réside selon moi dans la capacité qu’a ce mouvement à remettre en question les manières de se rapporter à l’espace– n’est pensable que dans la mesure où l’on explicite le lien fondamental entre espace et utopie. En effet, l’utopie, qu’il s’agit ici de penser non plus en tant que société idéale, mais en tant que potentiel ou puissance de rupture et d’interrogation, me semble avoir comme condition de possibilité l’ambigüité spatiale qui la constitue et qu’elle travaille” (9).

Reacio a los sistemas, etiquetas y certitumbres, el poeta César Vallejo usa precisamente una metáfora espacial para expresar aquel sentimiento de libertad del sujeto que se niega a meterse por las rutas y senderos trazados por la tradición literaria: “Odio las calles y los senderos, que no permiten perderse. La ciudad y el campo son así. No es posible en ellos la pérdida, que no la perdición, de un espíritu. En el campo y en la ciudad, se está demasiado asistido de rutas, flechas y señales, para poder perderse. Uno está allí indefectiblemente limitado, al norte, al sur, al este, al oeste” (180-183). Desde la perspectiva de Benjamin Walter, la idea de vagabundeo del pensamiento la tenemos en la noción de sujeto flâneur, cuya indolencia puede asociarse a una subjetividad femenina propia de algunos personajes novelescos del siglo XIX, como los de Matto Clorinda de Turner o Mercedes Carbonera.

En torno a uno de los ejes estructurales del CRLA-Archivos –el estudio de la memoria–, se podrá contemplar la relación que puede existir entre la errancia y la memoria hecha trampa y encierro. Asumir que una modalidad de la errancia puede ser el encierro, parece paradójico en la medida en que la reclusión o la construcción de un cerco sirven justamente para poner fin a la vagancia humana o animal. Pero toda errancia no es vagancia; por ejemplo, uno puede recorrer sin fin los pasillos de un lugar cerrado sin hallar salida. Y ocurre que los espacios abiertos funcionen como los lugares cerrados: la ausencia de límites equivale a una puerta cerrada. Efectivamente ¿cómo se puede pasar un umbral que no aparece? La errancia cautiva se puede entender como la imposibilidad de salir y seguir adelande, en el espacio o el tiempo.

La errancia cautiva puede ser la de la conciencia y de la memoria errantes, muertas o vivas. Entre las criaturas errantes engendradas por la imaginación colectiva figuran las ánimas de los muertos, condenadas, en las historias de fantasmas, a errar por el mundo de los vivos y a acosarles, a causa de sucesos trágicos o criminales del pasado que protagonizaron ellas. Es como si la gravedad del crimen o de la tragedia, o la injusticia de su destino, impidieran que ellas hallaran el descanso eterno o entraran al Cielo. Su errancia, circunscrita o no a un perímetro, es una forma de purgatorio, cuando no una condena. Los vivos pueden reparar el daño causado o sufrido antaño y así reanudar el hilo roto del tiempo, poniendo fin a la errancia del espectro. Los buques fantasmas jalonan las leyendas y la historia de la navegación: la errancia del famoso holandés errante, condenado a vagar para siempre por los mares y a nunca volver a puerto, se debe a varias causas, según las versiones de la leyenda: un pacto con el demonio, crimen metafísico, un crimen de sangre (la tripulación hubiera asesinado al capitán) o una desgracia colectiva (una epidemia hubiera estallado a bordo y no se permitió al navío desembarcar en ningún puerto). Algo diferente es el caso del Caleuche, que recuerda más directamente el mito del barco de Caronte, aunque recorre el perímetro exclusivo de la isla de Chiloé. Pero otras leyendas conciernen avistamientos de buques fantasmas, víctimas históricas de un naufragio que desde aquel tiempo, surcan interminablemente los mares y océanos: es como si la muerte atroz de los náufragos impidiera que ellos abandonaran el teatro de su desastrado final. Pero podemos preguntarnos si son los muertos o los vivos los que no hallan descanso tras la tragedia o el crimen. ¿No son los fantasmas la expresión personificada de un trauma memorial, que mantiene la conciencia cautiva del pasado, hasta el punto de recorrerlo obsesiva e interminablemente? ¿Los espectros aterradores o malévolos no traducen el sentimiento de culpabilidad, justificado o no, de los vivos con respecto a dicho pasado?

La errancia de la memoria se parece a la del fantasma; quizás ésta no sea más que un avatar de aquella. Sin embargo, no son los actores del pasado –los fantasmas– quienes yerran realmente; son los vivos encerrados en la obsesión de una memoria estancada. Ellos son los responsables de la errancia de los fantasmas del pasado, a quienes deniegan el acceso al reino de los muertos o al sosiego de la historia, porque a ellos mismos sigue impidiéndoles tener paz, individual o colectivamente, el hecho traumático fundador. La frustración espera ser reparada y los espectros yerran por el presente porque la memoria cautiva yerra por el pasado, a causa de un imposible duelo.

No todas las novelas de la memoria son novelas de la errancia, pero la literatura puede hacerse eco de esa memoria errante, cautiva de un pasado del que no logra desprenderse. La escritura explora dicho pasado, pero también traduce, mimética, la errancia casi espacial de la conciencia: el relato se convierte en laberinto memorial mediante sus vaivenes, sus circularidades, sus meandros... Podemos entonces preguntarnos si el texto permite salir simbolícamente de la errancia, convirtiéndola en un caminar metódico, o convirtiendo la memoria en relato.

Por fin, en el campo de la creación, la noción no solo de errancia sino de error despliega inesperadas potencialidades artísticas. En efecto, podría considerarse que hay un arte del error, y que éste, asumido o inconsciente, forma parte del proceso creativo. En algunos casos, sería incluso parte constitutiva de la obra. Pensemos en los “errores de perspectiva” de algunos cuadros que en realidad traducen y exhiben el genio del artista, como la espalda demasiado grande de la mujer desnuda pintada por Ingres en La Grande Odalisca de 1814. El artista es por antonomasia un errante, un ser en movimiento que progresa quitando, borrando, rectificando, sin cesar. Avanza a tientas. Cuando empieza su obra, el artista no la visualiza, no se la representa como una meta por alcanzar sino como un proceso del cual no puede anticipar todas las etapas como en el caso de cualquier otro trabajo útil, codificado por reglas, objetivos y tiempos impartidos. Según Deleuze, escribir se definiría como un movimiento perpetuo: “écrire n’a rien à voir avec signifier, mais arpenter, cartographier, même des contrées à venir” (32). El escritor Juan José Saer consideraba que la novela se caracterizaba por su “movimiento continuo perpetuo” (158). La inspiración no conoce reglas ni manuales ni pasos a seguir. Los pasos por el camino de la creación son falibles, imprevisibles, insondables. Los archivos de escritores no harían más que registrar las huellas de estos pasos intimándole al investigador geneticista que identificara el primero, aquella “huella originaria” inexistente según Derrida. En estas condiciones, ¿dónde y cuándo empezaría una obra? Volvemos a la noción del lugar de origen por el que empezamos esta breve presentación a modo de aguijón para iniciar el camino de nuestra investigación proponiendo los temas siguientes:

Temas:

    Escrituras errantes
    Figuras de la errancia
    Errancias/errores
    Errancia del cuerpo/ de la mente
    Raíces/Huellas
    Sujetos nómadas
    Error/norma /creación
    Errancia/Exilio
    Errancia y memoria
    Errancia y encierro

Notas

1 Aunque se aplica al idioma francés, se nos hace muy aclaradora y rigurosa la explicación argumentada de Emilie Ieven (3) en el estudio que le ha dedicado a la etimología de la errancia: “Selon le dictionnaire Trésor de la Langue Française informatisé (TLFi), le mot errance apparait vers la fin du XIIe siècle et, par la suite, ne se manifeste que très rarement avant la moitié du XIXe siècle. Il signifie alors “voyage, chemin” et serait un dérivé formé à partir du verbe en ancien français esrer/errer (“voyager, se déplacer”), lui­même issu du verbe latin iterare signifiant “voyager”. C’est à partir de ce verbe qu’est formé le participe présent errant, attesté dès le XIIe siècle et signifiant “qui voyage sans cesse”. Cependant, comme l’attestent différents dictionnaires étymologiques, le mot errer au sens de “voyager” possède un homonyme en ancien français: errer au sens d’“aller ça et là, s’écarter de la vérité, se tromper”, dérivé du latin errare signifiant “s’égarer, faire fausse route, se tromper”. Ces deux sens ont progressivement fusionné pour en arriver au sens général que nous connaissons aujourd’hui et dont le Larousse donne une définition claire et succincte. Selon ce dictionnaire, l’errance est “l’action d’errer”, c’est­à­dire l’action d’“aller ça et là, à l’aventure, sans but” (Le Petit Larousse illustré, 2001: 383). Le Robert, le Littré ainsi que le Trésor de la langue française témoignent de cette même fusion. On trouve dans le premier une définition quasi similaire à celle du Larousse (Le Petit Robert, 2011: 920­921), le deuxième construit sa définition en deux points –“action de marcher, de voyager sans cesse “et “action de marcher sans but, au hasard” (Le Nouveau Littré, 2004 : 509­510)– tandis que le troisième définit l’errance comme une “situation de déplacement constant sans but” (Trésor de la langue française). En outre, ce dernier ouvrage insiste sur la dimension métaphorique du mot errer qui doit alors se comprendre au sens “d’hésiter”, de “tergiverser”.

2 Hervé Bonnet, “L’errance de l’existence” (2008) : “ Les deux grandes figures de l’errance sont, pour le monde occidental, le juif Abraham et le grec Ulysse. Or ce que nous pouvons retenir de ces deux figures, par-delà leurs différences historiales essentielles, est l’élément commun de leurs errances. En effet, qu’il soit minéral (sable) ou liquide (eau) l’élément de l’errance est toujours un désert. Le désert est le “lieu” par excellence de l’errance.” https://www.brown.edu/Research/Equinoxes/journal/Issue%2010/eqx10_bonnet.html. En línea. 20 de octubre 2017.

Bibliografía:

Balmaceda, Paz. 18 escritores. La novela latinoamericana contemporánea. Barcelona: Barataria, 2010.

Bonnet, Hervé. “L’errance de l’existence”. 2008. En línea. 20 de octubre 2017. https://www.brown.edu/Research/Equinoxes/journal/Issue%2010/eqx10_bonnet.html

Braidotti, Rosi. Sujetos nómades. Corporización y diferente sexual en la teoría feminista contemporanea. Buenos Aires: Paidós, 2000.

Braidotti, Rosi. Feminismo, diferencia sexual y subjetividad nómade. Barcelona: Gedisa, 2004.

Glissant, Edouard. Introduction à une poétique du divers. Paris: Gallimard, 1996.

Molano, Alfredo. Desterrados. Crónicas del desarraigo. Bogotá: Ancora Editores, 2001.

Ieven, Emilie. “L’errance, un mouvement à potentiel utopique”, Carnets [En ligne], 10 | 2017. En línea. 18 octobre 2017. URL : http://carnets.revues.org/2265; DOI: 10.4000/carnets.2265

Saer, Juan José. El concepto de ficción. Buenos Aires: Ariel, 1998.

Vallejo, César. “Entre Francia y España”, Mundial, 290, 1 enero 1926 (I, 180-183).

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